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Refiriéndose a las negociaciones
de Argel entre ETA y el Estado español en 1989, Arnaldo Otegi cuenta una anécdota de prisión en el libro-entrevista “Mañana,
Euskal Herria” (GARA, 2005): «...y un día estábamos viendo la tele, creo que De Juana y yo solos, y en un telediario
salió Rosa Conde, que era portavoz del Ejecutivo, diciendo algo así como que ‘todas las vías policiales se han demostrado
ineficaces para acabar con el problema, ahora es la hora del diálogo’. Nos miramos los dos y nos preguntamos ‘¿hemos
ganado, no?’. ‘Pues parece que sí’. Esa era la expectativa. Luego las cosas se empezaron a torcer, pero
teníamos la prudencia suficiente para saber que ése iba a ser un proceso complicado». Después de tantos años, no recuerdo
esta anécdota en concreto, pero seguro que es así porque me recuerda perfectamente el grado de ingenuidad que teníamos en
aquellos tiempos. Cuando pensábamos que la solución iba a ser tan «fácil», en un proceso negociador alrededor de una mesa,
en un espacio de tiempo relativa- mente corto y con unas normas de juego más o menos limpias. Evidentemente, nos equivocamos
en las expectativas, aunque no fue un proceso inútil, sino todo lo contrario. Fue necesario.
Pese a la clandestinidad, la detención, la tortura, la cárcel
y vivencias anteriores a aquel 1989, cuando llegó el proceso de Argel muchos éramos unos ingenuos; y, entre éstos, yo. No
éramos capaces de dimensionar los contravalores de los servidores del Estado. De comprender que las razones de Estado son
sólo eso, razones sin límite ético y moral. Y eso que ya habíamos leído a Maquiavelo, Clausewitz, Giap... pero no habíamos
contrastado la teoría con las experiencias personales. La prisión es una buena escuela en la que se comprende el funcionamiento
del Estado a través del «aprendizaje» en el sistema penitenciario. Esto no es más que la realidad social y política de extramuros,
con las mismas relaciones de poder, sólo que exacerbadas por el catalizador de las rejas.
Contaré una anécdota: al poco de entrar en prisión, y para
resolver un conflicto que teníamos en Alcalá Meco, varios compañeros fuimos a hablar con el director. Se comprometió a todo
lo necesario. Salimos contentos. Cuando llegamos al módulo, los compañeros que llevaban más tiempo en prisión nos dijeron
que no cumpliría nada. Yo le discutí a uno de los más viejos: «...pero ha dado su palabra». Y él me miraba con cara escrutadora
que, posteriormente, he interpretado como de preguntarse: «¿éste está agilipollado o qué?».
Sabemos mucho los presos de las triquiñuelas del poder. Y
lo primero que aprendemos es que, contra lo que ellos denominan delincuentes, vale todo. Sabemos mucho de cómo la Administración
utiliza las conversaciones de despacho para meter cizaña entre los presos. Para mentir, para desgastar, para cansar, para
escindir, para enfrentar... en definitiva, para llevarse el gato al agua. Y cuando el poder cede ante la presión, sólo es
una cesión táctica a recuperar en cuanto el preso afloje o se relaje.
¿Es necesario negociar para resolver los conflictos?: sin
duda. Pero siendo conscientes de las limitaciones que el represaliado tiene por su ingenuidad, valores y principios, y que
el Estado no tiene. ¿Se han de interiorizar los contravalores del opresor para combatirlo? ¿Se pueden comprender sin interiorizar?
¿Es posible ganarle al Estado sin ser como él? ¿Se puede buscar el equilibrio entre valores y contravalores necesarios para
combatirlo? ¿Con ese equilibrio no se parte con desventaja? ¿Cuánta dosis de degradación personal hemos de pagar para luchar
en igualdad de condiciones?
Pienso que las guerras degradan, también, a quien tiene razón.
La razón de los débiles, de los represaliados, la que se evidencia en Euskal Herria cuando se empieza a leer el libro de historia
por el principio y no por el final o en capítulos alternos. Y que esa degradación personal es un terrible precio que pagamos.
Pero, afortunadamente, los valores, los principios y la autocrítica ponen límite a la degradación. Afortunadamente, en lo
personal. Que de cara al conflicto, nos hace jugar siempre con la desventaja y la ingenuidad del pueblo sin malear.
Más allá de campañas intoxicadoras y de la permanente
reescritura de la historia desde el poder, la izquierda abertzale ha mostrado qué es la honradez y el valor de la palabra
dada. Y así lo reconocen hasta quienes no lo reconocen. Trabajo, cohesión, cautela, desconfianza, metodología, movilización
permanente de masas, testigos, notarios, todo negro sobre blanco, catalizadores, todos las manos sobre la mesaŠ Y mucha
cautela. Porque en el trato entre honrados y trileros, a la menor relajación, los primeros se quedan sin cartera. -
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